sábado, 28 de julio de 2007

Capítulo Nº4

Como de costumbre llega tarde, y no porque lo haya querido así, sino por culpa de ese mar de autos y micros que poco a poco lo iban ahogando entre chillonas bocinas e interminables caravanas metálicas. Sin que nadie le vea sube al ascensor, a esa caja de espejos que le cubre con interminables miradas; si su vergüenza fue grande al verse sobre el vaho de su espejo, el bochorno de tenerse ahi multiplicado cientos de veces fue aun peor.

Noveno piso, se abren las puertas y una ves más ve ese campo de cubiculos adozados unos a otros, la siembra del imperio "Santelices". Su trabajo no era tan copmplicado: salvaba el dia con un par de llamadas, una que otra firma y el tedio de tener que archivar cada hoja existente en la oficina. Su premio habia sido ese, ser "el encargado de los archivadores", y cada vez que algo se perdía caía en el pobre César, y de ahi, de aguantar cada burla y humillación, tener que revisar cada carpeta. Y de tanto leer esos nombres y cifras se habia memorizado cada parrafo, cada frase, cada palabra allí escrita; lástima que su jefe nunca lo habia notado. Claro, porque el era un hombre muy ocupado; tan lleno de trabajo y reuniones pendientes con uno que otro pelagato. "Si supiera sumar podria darse cuenta cuanto tiempo pierde comiéndose los mocos" pensaba césar cada vez que escuchaba a la secretaria hablar de ese gran hombre que apunta de puro esfuerzo habia levantado esta gran empresa. Ella, tan regia y pulcra, tan dama, tanta finura envuelta en esos sostenes marca patronato, tan señorita pero a la vez tan llena de deseo, de ese casi febril que le inundana el pecho cada vez que escuchaba a alguien hablar de su jefecito. Tanta atención para ese gord de bigotes que no sería raro pensar en cuantos polvos se habrian tirado en el baño cuando "mágicamente" ninguno de los dos estaba.

Resiganado prende el computador y lee cada mensaje que llegó mientras el no estaba. Son los mismos de siempre; Quel el memo, que la factura, que el certificado, que la fotocopia del carnet bla, bla bla... Y mientras deja copiando a su carpeta toda esa lista de cosas por hacer pone algo de música. A escondidas conecta los audífonos y se deja llevar por la melodramática voz de Gardel. Don Carlos y su gato han sido sus únicos pañuelos de lágrimas, de esas que nacen en la hendidura mas profunda de su pecho, suben por su garganta y duermen en esas copitas de cristal que yo los dije. De ese vil capricho, de ese tonto afán por recordar, ve sobre su escritorio la foto, esa que los ladrones no se llevaron. No sabe como, pero ahí está. Seguro de que la habia dejado en casa, piensa como llegó ahi. Piensa en Miguel, pero el... bueno el no podría, aún asi la toma y la acurruca entre sus brazos, como a un niño la besa y empieza nuevamente a recordar...

martes, 24 de julio de 2007

Capítulo N°3

Hace frío, y es mejor regresar a la casa. Por todo el camino Miguel lo increpa con distintos tonos de Miau “Si tienes hambre no es mi culpa. Tu fuiste el tonto que salió a buscarme” y así, como si fuera un loco empieza una conversa poco usual. La gente le mira pero él ya ha perdido la esperanza en ellos. Cada vez que ve uno de esos afiches en los que se culpa a la globalización ríe. Antes los entendía, de hecho formaba parte de una organización, algo así como la GREENPEACE pero contra el abuso de poder y demases. Tuvo que dejarla ya que su jefecito le mandó un mail mientras trabajaba:

César:

No querrás que un sobrecito azul se aparezca un día de estos en tu mesa ¿no?

Espero que recapacite ¡Hombre! Que UD es un pilar fundamental en nuestra empresa…

Bla bla bla….

Llegan a casa, y con ansia busca las llaves. Abre la puerta y su sorpresa es grande al ver todo desordenado. Donde antes estaba su televisor no hay más que una mancha cuadrada de polvo. Papeles por todas partes, colillas de cigarro y un par de botellas vacía.”Así que por esto fuiste a la plaza...” le mira con ojos de a Miguel. A pesar de que se han llevado una buena parte de lo que se considera fundamental para vivir, César se sienta en el suelo respirando aliviado. “por suerte no se han llevado las fotos” Con nostalgia y ternura acaricia el marco que guarda egoístamente para consigo ese fragmento de vida arrancado de su memoria e inmortalizado en papel Kodak Es él y sus papas en el día de su cumpleaños numero cero. Ambos lo sostienen y ríen a la cámara, y aunque el tiempo no ha sido muy buen amigo de la foto, Lentamente cierra sus ojos y cae en un sueño difícil de evitar, esta cansado de vivir así, está aburrido de tener que llevar esta mochila de abusos y sinsabores.

Amanece en Santiago y la sorpresa de encontrar un sobre azul sobre su mesa (tal como lo presagió su jefe) no seria muy agradable. “Ya, cuida la casa y aquí te dejo agua y comida”. “Miau!”.

Esta vez los ladrones no llegarán.

Capítulo N°2


Parece que fue una mala idea salir, hubiera sido mejor quedarse ahí vegetando mientras el agua se fermentaba al ritmo de la ceniza cayendo lentamente sobre sus rodillas, aun así ya esta afuera. Las calles no han cambiado en lo absoluto. Desde que llegó a Santiago (o santiasco para los amigos) la vida se le ha vuelto una de esas películas de las cuales ya sabes el final. La gente es la misma, cada esquina de este laberinto español, cada garabato escrito sobre la cal de rústicas casas emparejadas una a la otra es ya parte de su almanaque. Cuenta hasta diez y sabe que debe cruzar; ni siquiera eso ha cambiando algo. Camina, como si la muerte estuviera delante de él, lenta y pausadamente. De su bolsillo saca un cigarrillo, el último en su colección de veinte. Los dedos aun siguen arrugados, “Son dedos de viejito” decía mamá cada vez que salía del baño. Una vez más la recuerda pero esta vez va a ser más fuerte y se aguanta las lágrimas, las guarda en delicadas copitas de cristal; el más mínimo golpe las hará quebrarse. Prende el cigarro y trata de disfrutarlo porque sabe que cada bocanada podría ser la última. Cerca hay una plaza, el antro de risas y juegos infantiles conocido por todas la aburridas señoras de Sto.Domingo. Se sienta, mira el cielo y de un suspiro sale de su boca una gran fumarola.

A su lado pasa una niña, no debe tener más de 15 años. La mira, y en su cabeza le llega la mirada de aquella morena que por meses le robó el sueño. La recuerda con sus cabellos azabaches al viento, los ojos pardos, y una cintura que ni en TV se ve. Y aquel recuerdo (como tantos otros) le ciega la vista. De un fingido salto se percata de que aquella inocente que sin intención alguna pasaba por su lado lo mira con miedo, como si de un solo vistazo hubiera bajado sus braguetas de escolar y besado sus firmes pecho de adolescente. Ya da igual, y aunque ha pasado los últimos diez años en este esperpento que muchos osan llamar vecindario, no conoce a nadie que le haga sentir mejor, a nadie que de manera casi inquisitiva pidiera explicaciones por “pervertir a una inocente de quince primaveras” a excepción de la botillería de la esquina (dudo que algún día le diga algo).

Esa tonta casualidad, ese cruce casi forzado entre él y la niña de pechos firmes le han hecho pensar en que ya tiene 32 y sigue sin conocer a alguien que le haga salir de este pozo seco. El corazón se esconde y pasa a confundirse con ese montón de tripas que lleva dentro, el alma se le pudre y el tiempo se le acaba. Como un zombie, se ha pasado los últimos meses pensando cuando llegará, si es necesario ir a buscarla o si es mejor dejarlo así, tal como está. Para que mentir, si él sabe su destino. En sueños se ha visto en casa tomando ese mismo baño que horas antes dejó, con los brazos tatuados con delgadas líneas color sangre, con agua ya no tan limpia como antes.

Como si allá arriba aún le tuvieran un poco de cariño y demostrando que aún les importaba, se le aparece sobre sus pies Miguel, su gato. “Miguel, que haces acá, deberías estar la casa” “Miau”.

Tal vez ese Miau no signifique nada, pero para César es lo más lindo que le han dicho.

lunes, 23 de julio de 2007

Capitulo N°1

Muy temprano por la mañana como si el sol lavara su rostro con rayos robados a la misma luna abrió sus ojos, y lo que vio no fue muy distinto a lo que acostumbraba a ver cuando con un indiferente bostezo saluda al desorden que por semanas se ha asilado en su pieza. En su itinerario de soltero no había mucho que hacer: ¿Qué se hace un domingo cuando medio santiago se enclaustra bajo pesadas cortinas de hierro, la oficina duerme siempre alerta y no existe en su diccionario palabras como paseo-por-el-campo? Y la verdad es que le siempre había soñado con unos de esos tontos y aburridos paseitos por los senderos de la vida campestre. Cerraba sus ojos y se imaginaba entonando un conocido repertorio de canciones dominicales mientras un par de niños le molestaba por la espalada con preguntas como: “¿Cuanto falta, puedo manejar, podemos parar que quiero pipí?” Y en ocasiones era aun mas ambicioso: imaginaba a una linda mujer (que suponía ser su esposa o algo así) junto a él. Una de aquellas que ni el yugo del quehacer hogareño y el sexo violento haría cambiar su cara de niña scout siempre lista. ¡Pobre César y pobre los días que le quedan aun por vivir! ¡Cuanta soledad, cuanta tristeza quedará asilada en sus ojos secos de tanto llorar y sufrir!

Aunque nada tiene que hacer decide tomar un baño de tina, uno de esos que acostumbra a tomar cuando siente que la mugre se acerca más y más a su alma, a ese bosquejo de adulto independiente y eterno enamorado. (Lástima que piense que aún queda algo de ella). Entre verdadera atalayas de ropa sucia busca que ponerse para cubrir su desnudez de la que tanto se avergüenza, no porque sea feo o deforme, no, su vergüenza es pararse una vez más en el espejo, desnudo, y sin nadie que su lado. ¿Mencioné porque le gusta tanto tomar esos eternos baños?: cada vez que se despoja de ese tonto pijama Made in Persa y se sumerge en ese verdadero infierno de agua hirviendo imagina que esta en el útero de su madre. Piensa que aun no nace y de ahí, de esa conexión entre ellos proyecta su vida, sus sueños (bastante recurrentes por lo demás) y cuando puede ser aun más ambicioso que antes entona para si mismo en la soledad de su metro cuadrado intrauterino el himno de la alegría.

Después del baño y ya vestido, decide comer algo, y no por hambre sino por costumbre y lógica (eso si debe reconocer que más de una vez se ha disfrazado con delgados ropajes color anorexia, simulando una perfecta figura sostenida por el orgullo de no comer). En días como estos cuando la matinée del cine chilensis no tiene más que hablar de lo que muchos saben y a pocos les importa, no es grato comer sentado junto al televisor, así que prende la radio y con algo de suerte sintoniza la atropellada y lastimosa voz de Peter Gabriel & Kate Bush encumbrando
Don’t give up. Entres suaves acordes y tambores ochenteros no le queda más que visitar por una vez más el país de los recuerdos. Por enésima vez relee cada palabra escrita en esas coloridas esquelas de “niña inocente” y siente que el corazón le apreta el pecho, por momentos pierde el pulso y deja que el pasado le revuelva la conciencia. En sus labios la sal de sus lágrimas que de apoco bajan por su cara, la mejor prueba de que aun no estaba muerto: A veces las palabras hieren más que los recuerdos. Busca en su memoria y le es imposible esquivar la imagen de papá y mamá. Los recuerda juntos, amándose, besándose en la oscuridad de su pequeña casa, mirándose el uno al otro con ojos de perro muerto como si supiera el fin de todo esto. Tal vez algunos de esos encuentros sean solo un producto forzado de su gran imaginación, pero él está seguro de haber sentido un beso en cada mejilla, un abrazo tan fuerte e imposible de olvidar.

Han pasado cerca de tres horas y todavía sigue sumergido con la nariz afuera. El agua está fría… será mejor que salga a tomar un poco de aire.